domingo, 3 de abril de 2011

El laicismo y la Semana Santa

Todos los años, cuando se aproxima la Semana Santa vienen a mi memoria nuestros augustos patriotas, historiadores, viejos y nuevos políticos y gobernantes de turno resaltando en sus discursos, arengados durante las fiestas patrias, las infamias cometidas por el conquistador y el colonizador español contra los pueblos originarios de América. Da la impresión que la memoria es frágil y el moho de la ignorancia no les permite a nuestros egregios intelectuales, nacionalistas hasta las recónditas entrañas de su ser, recordar que tal oprobio no se hubiese podido cometer sin la monástica alcahuetería de la Religión Católica, cuyos pendones se fijaron en nuestras riberas, por primera vez, con la llegada del aventurero Colón. Imposible dejar de lado que aquellos infames e ignorantes navegantes se aparecieron cargados con una Biblia, la cruz y el arcabuz para sojuzgar las tierras del Nuevo Mundo, convirtiéndose así el catolicismo en un instrumentos de conquista y sumisión.. Traigo esto a colación, dado que durante las festividades de la Semana Mayor se suele observar, debajo del mismo palio, algún gobernante nacional, estatal o municipal, desfilando en la Procesión al lado de un adusto fraile oloroso a incienso y a dinero proveniente de las arcas públicas. El Laicismo (la separación del estado de la religión) hizo su aparición en Francia a finales de siglo XIX, pero hoy, en el siglo XXI en cierne, parecemos aún inmersos en las apolilladas tinieblas de la Edad Media. Actualmente, a pesar de ser Venezuela un Estado Laico (Art. 7 Ley Orgánica de Educación), durante la inauguració.de un estamento oficial, es frecuente observar, al lado del gobernante de turno, a un sacerdote aspergiendo con un hisopo agua bendita sobre las paredes del inmueble. El mismo fluido sagrado que cayó como agua hirviente sobre la frente de los indios y negros, bautizados de forma obligada. Aún todavía se atisba en las plazas públicas de ciertas ciudades y pueblos un ídolo sagrado o una cruz que nos recuerda cuando el papa Alejandro VI, suprema majestad de la Monarquía Vaticana, repartió “las tierras descubiertas y por descubrir” entre los reyes españoles y portugueses (Tratado de Tordesillas 1494: un acto administrativo grotesca y risiblemente ilegal), convirtiendo así a la Iglesia Católica en corresponsable de la barbarie y del mayor genocidio cometido contra la humanidad. Parafraseando a Simón: ¡¿519 años no bastan para continuar con el oprobio de las majestades de San Pedro sobre estos suelos?! ¿Hasta cuándo nuestro Estado Laico ayudará a la construcción y remodelación de iglesias con impuestos provenientes de ateos, judíos, evangélicos, musulmanes… que hacen vida en este país? ¿Hasta cuándo nuestro Estado Laico facilitará las ondas hertzianas para que los obispos prediquen durante la Semana Santa sus depredadores sermones teológicos? No olvidemos que nuestros egregios presbíteros posmodernos son herederos de aquellos frailes, monárquicos durante la Colonia, republicanos obligados durante la Independencia, complacientes con el déspota durante las dictaduras y recientemente, defensores a ultranza de las libertades durante la democracia (como se ve, hombres de conciencias muy dúctiles). Por suerte, el tiempo es inexorable, al igual que los imperios, los dioses caen de sus pedestales y de tales deidades, sólo quedan hermosas obras de artes ennegrecidas por la patina del tiempo. Una de las maneras de elevarnos como un ave de alas ligeras, sobre las sombrías e inveteradas ruinas de la ominosa Religión Católica Apostólica Romana.

No hay comentarios: